Dios azteca de los pintores
Chicomexochtli es el dios azteca de la pintura, la escritura y las artes visuales. Su nombre, que significa «siete flor» en náhuatl, refleja la belleza estética que caracteriza su dominio. Es una deidad menos prominente que muchos otros dioses aztecas, pero no por ello menos importante para una civilización que valoraba enormemente las artes plásticas y la producción artística.
La pintura y la escritura eran consideradas entre los aztecas como actividades sagradas, no simplemente como habilidades técnicas. Los pintores eran reconocidos como artesanos especializados cuyo trabajo servía a fines religiosos y cívicos. Creaban los códices que registraban la historia y la cosmología, los murales que decoraban los templos, las decoraciones que adoraban los objetos rituales. Todo esto era considerado como un acto de devoción al orden cósmico.
Chicomexochtli era invocado por los pintores aztecas antes de comenzar sus trabajos importantes. Se esperaba que la deidad otorgase destreza artística, inspiración y precisión. Era el patrono de aquellos cuyo trabajo consistía en dar forma visual a la voluntad de los dioses, en transformar la visión abstracta en representación material. Sin Chicomexochtli, los artistas creían que sus obras carecerían de espíritu y sustancia.
Aunque las fuentes específicas sobre los rituales o atributos detallados de Chicomexochtli son relativamente limitadas en los registros que han sobrevivido, su existencia refleja una verdad importante sobre la cultura azteca: valoraban todas las formas de expresión humana que servían a propósitos mayores. No había distinción entre lo artístico y lo sagrado en la cosmovisión azteca. Los pintores, como todos los artesanos especializados, eran servidores de lo divino, y por ello sus actividades merecían la bendición de una deidad específica.