El inframundo azteca, gobernado por Mictlantecuhtli, el sonriente Dios de la Muerte y su esposa Mictecacihuatl
Mictlan era el inframundo azteca, un reino vasto y laberíntico de capas y niveles, cada uno gobernado por multitud de dioses especializados con nombres imposibles de pronunciar. No era simplemente un lugar de castigo sino un territorio complejo con sus propias leyes, sus propias criaturas, sus propias estructuras arquitectónicas.
La geografía de Mictlan era tortuosa: nueve niveles descendientes, cada uno más oscuro que el anterior, lleno de trampas, obstáculos y seres hostiles. Para atravesar Mictlan, el muerto necesitaba protección, guía, conocimiento de los caminos. Era un viaje que requería días, talismanes específicos, y la bendición de los dioses. No todos los muertos lograban completar el viaje; algunos se perdían eternamente en sus niveles más profundos.
Los dioses representados en las imágenes de Mictlan portaban colores chillones en forma bidimensional, lo que sugiere que el arte de dos dimensiones intentaba capturar algo de la extrañeza de ese realm. Si esos dioses fueran tridimensionales y llevaran esos colores, el efecto sería efectivamente abrumador, una experiencia visual de pesadilla que capturara el horror del inframundo.
El aspecto más importante de Mictlan es que Quetzalcoatl tuvo que descender a él para recuperar los huesos de los humanos de generaciones pasadas y permitir que renacieran en el Quinto Mundo. Esto significaba que Mictlan no era simplemente destino final sino lugar de transformación, donde los muertos podían ser resurrectionados, donde la muerte podía revertirse mediante acto de voluntad divina y sacrificio. Era terrible pero no definitivo, final pero no eterno.