La asesina de bebés se convierte en protectora de bebés
También conocida como Karitei-Mo, Kishimo-Jin.
Kishimojin comienza su historia como una criatura demoníaca peligrosa: una madre posesa que robaba infantes de sus cunas para alimentar a su propia prole hambrienta. Su reputación era tan ominosa que los padres pronunciaban su nombre en susurros, como si el sonido mismo pudiera atraer su atención. Fue entonces cuando Buda decidió intervenir de manera fulminante pero compasiva, como solo él sabía hacer.
Buda escondió al propio hijo de Kishimojin bajo su cuenco de mendicidad. Cuando la madre demoníaca no pudo encontrar a su hijo, el pánico se apoderó de ella. Imploró ayuda a Buda sin saber que él era el responsable de la desaparición. Cuando finalmente reveló el paradero del pequeño, Kishimojin se sintió tan conmovida por la enseñanza que ello representaba que experimentó una transformación radical. Comprendió el sufrimiento que causaba a otras madres exactamente como ella había sufrido.
Su conversión fue completa y genuina. Hizo un voto delante de Buda: jamás volvería a hacer daño a un niño y, por el contrario, dedicaría su poder demoníaco a protegerlos. Además, juró alimentar a sus propios hijos con granadas en lugar de carne. Las granadas, que tienen un color rojo sangre y semillas que recuerdan los órganos humanos, se convirtieron en un sustituto simbólico que satisfacía su naturaleza feroz sin causar daño real.
Tras su transformación, Kishimojin se retiró a la vida privada, rodeada de sus numerosos descendientes, viviendo bajo una protección divina que respetaban incluso los seres celestiales. Su historia es una de las más poderosas en el budismo: la prueba de que incluso la naturaleza más oscura puede ser redimida por la compasión, y que el arrepentimiento sincero abre caminos imposibles.