El Gran Profeta del Judaísmo, la luz principal de los israelitas, y Dios
También conocido como Musa.
Moisés es la figura más importante del judaísmo y una de las más significativas en la tradición religiosa occidental. Según la tradición bíblica, fue criado como príncipe en la corte egipcia pero nació como hijo de padres hebreos esclavos. Esta dualidad de origen —hebreo de nacimiento, egipcio de educación— lo preparó para servir como mediador entre dos mundos cuando fue llamado por Dios.
El encuentro decisivo entre Moisés y Dios ocurrió cuando, huyendo de Egipto tras matar a un capataz egipcio, vio una zarza ardiente en una montaña. De esa zarza, Dios le habló, revelándose con el nombre sagrado YHWH y encomendándole la tarea de liberar a los israelitas de la esclavitud. Moisés inicialmente resistió, dubitativo ante su capacidad para cumplir tal misión, pero Dios insistió en su elección.
Con poderes divinos otorgados, Moisés se enfrentó al Faraón de Egipto, exigiendo la liberación de su pueblo. Después de plagas devastadoras que demostraban el poder de Dios, el Faraón finalmente accedió. Moisés condujo a los israelitas fuera de Egipto en un evento conocido como el Éxodo, uno de los episodios más cruciales de la historia religiosa. En el desierto del Sinaí, Dios entregó a Moisés los Diez Mandamientos grabados en tablas de piedra, junto con leyes adicionales que formarían la base de la Torah.
Durante cuarenta años, Moisés lideró a los israelitas a través del desierto, sosteniéndolos mediante el maná del cielo y guiándolos según la voluntad de Dios. Su liderazgo fue tanto espiritual como administrativo: estableció sistemas de justicia, mantuvo el orden en el pueblo y sirvió como intermediario directo entre Dios y los israelitas. Su rol como profeta fue sin igual: Dios se comunicaba con él «cara a cara», como se dice en los textos.
Aunque Moisés condujo a los israelitas hasta las fronteras de la Tierra Prometida, no se le permitió entrar en ella, muriendo a la vista del territorio que Dios había prometido a su pueblo. Su legado, sin embargo, es indeleble: la Torah, la ley judía, la estructura del judaísmo mismo, todo emana de la obra y la revelación que Moisés transmitió. Es venerado no solo en el judaísmo sino también en el cristianismo e islam como una figura profética de extraordinaria importancia.