Nosotros no
También conocido como Haap, Hap, Hep, Hepi.
Apis es un toro sagrado, una criatura divina que encarna la fuerza y la virilidad. Pero no es un toro cualquiera: es una encarnación viviente de un principio divino, un intermediario entre lo celeste y lo terrenal. Cuando los sacerdotes encontraban un toro que reunía ciertas características sagradas —un pelaje negro como la noche, un triángulo blanco perfecto en la frente, otras marcas que lo distinguían— proclamaban que había nacido un dios en forma animal.
Encontrar ese toro era un acontecimiento de importancia nacional. Los sacerdotes realizaban rituales de confirmación y, una vez asegurados de que se trataba realmente del divino Apis, el animal era trasladado con gran pompa a los templos donde se le rendía culto. Allí pasaba el resto de su vida en lujo y reverencia absoluta. Era alimentado de lo mejor, adorado por millones, portador de la bendición divina. Se creía que mientras Apis viviera feliz y en buena salud, toda la ganadería de Egipto prosperaría, las cosechas serían abundantes, la tierra se mostraría fecunda.
Pero había un límite prefijado a esa gloria. Cuando el toro alcanzaba los veinticinco años de edad, se llevaba a cabo un sacrificio ritual. El animal era ahogado en las aguas sagradas, honrado como correspondía a una deidad. Sus restos eran momificados con el mismo cuidado que los de un faraón y enterrados en catacumbas especiales denominadas el Serapeum. Los sacerdotes salían nuevamente en busca del siguiente Apis, reiniciando el ciclo.
Con el tiempo, los restos momificados de Apis fueron venerados casi tanto como el animal vivo. El Serapeum se convirtió en lugar de peregrinación, y el dios Apis fue fusionándose con otras divinidades, en particular con Osiris, dando lugar a una nueva deidad: Serapis. Esta conexión entre el toro sagrado, la muerte ritualizada y la resurrección es lo que convierte a Apis en una de las figuras más curiosas del panteón egipcio.