El irresistiblemente guapo Dios del Amor, el Sexo y el Deseo
También conocido como Erotes, Himeros.
Eros es quizás el dios más buscado del panteón griego, encarnación de la atracción irresistible, el deseo que consume y el amor que transforma. Según las tradiciones más antiguas, Eros nació del Caos mismo, siendo una de las fuerzas primordiales que permitió que Urano y Gaia se unieran, población así el universo. Otras versiones posteriores lo presentan como hijo de Afrodita, la diosa del amor, lo cual es casi demasiado obvio. Su belleza es legendaria, su atractivo prácticamente universal, su capacidad para inspirar pasión entre dioses y mortales sin igual. Lleva consigo un arco mágico de poder indiscutible: sus flechas de oro despiertan amor verdadero, mientras que sus flechas de plomo generan indiferencia y rechazo.
El acto más definitorio en la vida de Eros fue pincharse accidentalmente con una de sus propias flechas. Se enamoró perdidamente de Psique, una mortal de belleza extraordinaria, desafiando los protocolos divinos al unirse a ella en matrimonio. Este acto, que debería ser una culminación, se convierte en el comienzo de pruebas extraordinarias cuando Afrodita, celosa de que su hijo se hubiera enamorado de una mortal, somete a Psique a tareas imposibles. La historia de Eros y Psique refleja la verdad de que incluso el dios del amor está sujeto a los caprichos y al sufrimiento que el amor causa.
Cuando los romanos adoptaron el panteón griego, Eros se transformó en Cupido, perdiendo su majestuosidad para convertirse en un bebé rechoncho y alado. Aunque esta transformación banaliza la profundidad de su figura, Eros continúa siendo invocado como símbolo de la pasión que une a seres humanos, la fuerza capaz de traspasar barreras que parecen infranqueables. Su legado perdura en cada acto de amor, en cada momento en que dos seres se sienten irremediablemente atraídos el uno al otro.