Mensajero de los dioses y fabuloso empresario
Hermes era el dios griego del comercio, los viajeros, los mensajeros y los pastores, así como patrón de los vendedores y, según algunos relatos, de los ladrones. Hijo de Zeus y de la ninfa Maia, demostró su ingenio desde el primer día de su vida. Según la leyenda, apenas unas horas después de nacer, salió de su cuna, encontró el caparazón de una tortuga y lo transformó en una lira, el primer instrumento musical de este tipo.
Poco después, Hermes robó el rebaño de ganado sagrado que pertenecía a Apolo, cubriendo cuidadosamente sus huellas. Cuando Apolo descubrió el robo, confrontó al joven dios. En lugar de negar los cargos, Hermes admitió el delito con despreocupación y luego ofreció la lira que había creado como compensación. Apolo quedó tan encantado con el instrumento que aceptó el intercambio, ganando además el bastón de oro de Apolo en una negociación que establecería el patrón de astucia comercial de Hermes.
Zeus, impresionado por la audacia y el ingenio de su hijo, lo nombró heraldo divino y le proporcionó sandalias aladas y un caduceo, o bastón doble serpiente, que se convirtió en símbolo de su autoridad. Hermes se convirtió en el encargado de guiar a los muertos al inframundo, comunicar los mensajes de los dioses y proteger a los viajeros en sus peregrinajes. Su don para la persuasión y la elocuencia lo hacía invaluable como negociador entre dioses y mortales.
Como dios del comercio, Hermes representaba la ganancia, la habilidad negociadora y la astucia en los tratos. Los mercaderes griegos lo veneraban como patrón de su profesión. Su figura encarnaba la ambigüedad moral característica de la mitología griega: era útil y necesario, pero también peligroso y capaz del engaño. Los romanos lo asimilaron como Mercurio, conservando la mayoría de sus atributos y funciones dentro de su panteón.