La ex-Reina de Tebas, extremadamente mojada
Níobe fue una reina de Tebas cuya historia ejemplifica el peligro más grave en la mitología griega: la arrogancia sobre los dioses. Hija de Tántalo, el mortificado rey condenado a hambre y sed eternos, Níobe heredó de su padre la desafortunada propensión a ofender a los poderes divinos. Su marido era el rey de Tebas, lo que le otorgaba suficiente poder terrenal como para creerse por encima de la reverencia religiosa.
Níobe cometió el error fatal de jactarse de que sus catorce hijos eran más hermosos que los de Leto, madre de Apolo y Artemisa. No era simplemente una observación casual; fue una declaración pública de superioridad durante los festivales sagrados de la propia Leto. Era, en esencia, una declaración de guerra contra dos divinidades olímpicas por la belleza y el mérito relativo de sus respectivos descendientes.
Leto no podía permitir que tal insulto quedara sin venganza. Llamó a sus hijos y les encomendó la tarea de ejecutar la justicia divina. Apolo tomó su arco y disparó a los catorce hijos de Níobe con precisión mortal, cada flecha encontrando su objetivo con la inevitabilidad del destino. Artemisa hizo lo mismo con las hijas. Fue una matanza completa, un genocidio celestial de la descendencia de la reina arrogante.
Níobe, transformada en una mujer completamente destrozada por el sufrimiento, lloró con tal intensidad que los dioses, apiadándose parcialmente, la convirtieron en una piedra que perpetuamente rezuma agua. Todavía hoy, en la geografía griega, existe una roca que supuestamente es la transformación de Níobe, eternamente llorando por sus hijos perdidos. Su historia no es simplemente una tragedia personal sino una advertencia cósmica: nunca desafíes a los dioses, especialmente en los asuntos que consideran sagrados.