Rey Demonio y enemigo perpetuo de los Dioses
Ravana fue una vez una divinidad menor del cielo que fue desterrada por su orgullo y sus acciones transgresoras. Como castigo, le ofrecieron una oportunidad singularmente terrible: atravesar tres vidas mortales, completamente desprovistas de auxilio divino, con lo que su propia naturaleza se corrompería hasta convertirlo en el demonio más poderoso y terrible de toda la creación. Aceptó esta condena como desafío, convencido de su propia invencibilidad.
Su primera encarnación fue como Hiranyakashipu, el deva caído. Se dotó de un cuerpo descomunal: diez cabezas y veinte brazos, dientes afilados como cuchillos, piel de color azulado y la capacidad de adoptar cualquier tamaño a voluntad. Su poder era tan vasto que se volvió inmune a los ataques de las propias deidades. Los rayos de Indra lo hieren sin penetrarlo, el disco solar de Vishnu lo golpea sin matarlo. Cuando Hiranyakashipu caminaba, el universo temblaba: el sol se oscurecía, los vientos se helaban y las aguas dejaban de fluir.
Los dioses no encontraron respuesta hasta que Vishnu mismo decidió encarnarse como Rama para detener la amenaza. Lo que siguió fue una batalla de proporciones cósmicas en la que las legiones celestiales se movilizaron, y del que los artistas han extraído durante siglos escenas de violencia y grandeza épica. Rama al fin venció a Ravana, pero la victoria no fue el final: el demonio aún tenía una vida más que vivir como Sisupala, y su hijo Indrajit continuaría la guerra contra los dioses en venganza por la muerte de su padre.