Dios supremo del sol
Adrammelech, cuyo nombre significa «rey magnífico», era el dios supremo del sol venerado por los habitantes de Sefarvaim, una ciudad que figuraba prominentemente en los textos del Antiguo Testamento. Aunque hoy desconocemos con exactitud dónde se ubicaba Sefarvaim, los antiguos registros indican que fue un centro con una biblioteca respetable, lo que la hacía constantemente amenazada por el fuego y la destrucción, un destino recurrente para lugares de saber en la antigüedad.
Como dios solar, Adrammelech ofrecía protección y calor a cambio de tributo religioso. Sus adoradores le presentaban sacrificios, incluyendo holocaustos de niños, creyendo que esta ofrenda extrema aseguraba su favor y benevolencia. La lógica de tales actos horrible para la mentalidad moderna reflejaba creencias profundas sobre el poder del sacrificio como medio de comunicación con lo divino.
La consorte de Adrammelech era Anammelech, diosa de la luna, complementando así el dualismo celeste solar-lunar que muchas culturas antiguas respetaban. Juntos representaban la totalidad de los poderes del cielo, el dominio completo del día y la noche.
Cuando los sefarvitas emigraron a Samaria alrededor del siglo VIII antes de Cristo, llevaron consigo sus dioses, incluido Adrammelech. Sin embargo, en la nueva tierra su culto enfrentó competencia feroz de otros dioses locales y no logró prosperar como antaño. Su llama, metafóricamente, se extinguió en el olvido, dejando apenas rastros en textos religiosos antiguos.