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Dioses y Diosas

Anchimallén

Diosa de la Luna Mapuche

Diosa de la Luna

También conocida como Anchimalén, Anchimalhuén, Anchimayén, Auchimalgén, Auchimalguén, Chimalen, Chimalguén.

Anchimallén es la diosa de la Luna en la cosmología mapuche, una figura celestial que habita en el cielo nocturno regiendo los ciclos lunares que marcan el tiempo de los pueblos. A diferencia de muchas deidades que interactúan activamente con los asuntos humanos, Anchimallén permanece distante, indiferente a las miserias y alegrías de los mortales. Ella existe en su propio reino, siguiendo un camino fijo a través del cielo, cumpliendo su función de marcar las noches con su presencia.

Su indiferencia, sin embargo, no significa pasividad completa. Cuando Anchimallén se muestra enrojecida, transformando su brillo pálido en una tonalidad de sangre o fuego, los mapuches sabían que algo grave se aproximaba. Esta coloración no es un capricho de la diosa sino una señal, casi un grito de advertencia del cielo mismo. La Luna roja presagia desgracias: enfermedad, invasiones, hambrunas, muertes. No es que Anchimallén cause estas calamidades; más bien, ella las percibe y, en su distancia celestial, nos muestra su conocimiento mediante este cambio de apariencia.

Los mapuches trataban a Anchimallén con respeto cauteloso. No era una diosa a la que se suplica habitualmente ni a la que se ofrecen sacrificios con la intensidad que otros dioses merecen. Pero en las noches donde la Luna adquiría su tinte rojizo, las comunidades entraban en alerta, realizaban rituales protectores y se preparaban para lo peor. En ese sentido, Anchimallén funciona como una cronista silenciosa que ocasionalmente, con su transformación, nos revela que está mirando hacia la tierra y que lo que ve no es benévolo. Su distancia habitual es consuelo; su enrojecimiento, presagio.

Otra ficha al azar