Diosa todopoderosa
También conocida como Ceuci, Ceuicy.
Ceucy fue una deidad tupí de poder supremo, la diosa todopoderosa cuyo dominio abarcaba el cielo, la tierra y los reinos intermedios. En los tiempos primordiales, ella ejercía su voluntad sin contrapeso, moldeando el mundo conforme a su visión. Pero su poder omnímodo no la protegía de las fuerzas cósmicas que escapaban a su control, de aquellas acciones de otros dioses que podían entretejer sus efectos de formas inesperadas.
En un momento de ocupación mundana, mientras Ceucy cuidaba los árboles sagrados podando sus ramas, el Sol brilló sobre la savia que fluía. Esa coincidencia, aparentemente casual, fue preñada de consecuencias mágicas. La savia expuesta al resplandor solar, tocada por la energía bruta de ese astro, absorbió una fuerza generativa imposible de controlar. Ceucy, en contacto directo con la savia penetrada por esa energía solar, fue tomada por una maternidad no deseada. De esta unión accidental nació Jurupari, un ser concebido en los intersticios del poder divino femenino y la potencia brutalidad solar.
Jurupari creció con la marca de su origen: encarnaba aquello que el Sol representa en muchas tradiciones —poder bruto, ausencia de compasión, dominio sin templanza—. Su naturaleza fue antitética a la de su madre. Donde Ceucy manifestaba sabiduría y equilibrio, Jurupari incarnaba impulso destructivo y violencia. La diosa todopoderosa se encontró, en el colmo de la ironía cósmica, con que su propio hijo se convirtió en su enemigo. En un acto que representa la caída de la supremacía divina ante las fuerzas que escapan al orden, Jurupari fue responsable de la muerte de Ceucy, aquella madre que lo había engendrado sin quererlo y que descubrió, demasiado tarde, que ni la divinidad suprema estaba segura contra las consecuencias de un momento de indiferencia.