Dioses y diosas de la abundancia
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La abundancia es la promesa más universal que puede hacer una religión: más cosechas, más riqueza, más descendencia, más seguridad. Por eso prácticamente todas las culturas —sin importar si criaban ganado, cultivaban arroz o comerciaban con especias— imaginaron deidades encargadas de repartir la prosperidad. Las formas que adoptan estos dioses varían enormemente: algunos son bondadosos, otros caprichosos; unos presiden la comida, otros la riqueza material. Pero el impulso es idéntico en todas partes: la humanidad necesitaba creer que alguien en los cielos se encargaba de llenar las bodegas.
Kamadhenu, la vaca sagrada hindú, personifica la abundancia de forma literal: es el animal que lo da todo. En contraste, la diosa romana Abundancia es pura abstracción de un concepto. Laka, la diosa hawaiana, rige la abundancia en la naturaleza, mientras que Dada es un dios yoruba masculino que gobierna la prosperidad. A pesar de estas diferencias de forma, género y medio —vaca, concepto personificado, natureza— todas comparten un rol idéntico: garantizar que el mundo no se quede vacío. Es revelador que culturas sin contacto imaginaran soluciones tan distintas para la misma ansiedad humana.
Lo significativo es que algunas culturas invirtieron enormes recursos imaginativos en dioses de la abundancia mientras que otras apenas les dedican menciones. Eso sugiere que el miedo a la escasez fue especialmente agudo en ciertas regiones, o que ciertas sociedades prosperaron lo suficiente como para permitirse la esperanza ritualista. Hoy podemos preguntarnos si los dioses de la abundancia desaparecieron de verdad o simplemente cambiaron de nombre y cara.