Dioses y diosas de la destrucción
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Destruir es crear. O al menos tiene que serlo, porque de otro modo el universo se queda atrapado. Los hindúes lo sabían tan bien que Shiva, el dios destructor, es también el renovador: sin su danza cósmica, nada nuevo puede existir. Shiva es devastación, pero Kali, su consorte, es la destrucción hecha carne femenina, la que barre con lo viejo sin remordimiento. La idea aparece en otras tradiciones, cada una con sus propias imágenes del fin: para los nórdicos, Fenrir es la bestia que romperá las cadenas en el Ragnarök; para los egipcios, Ammit espera en el tribunal de los muertos para devorar el corazón de quienes no merecen la eternidad.
Lo notable es que ninguna cultura ve la destrucción como un fracaso o un error. Es parte del plan. En Mesopotamia, Erra traía la enfermedad y la guerra, pero también el cambio. Los budistas tibetanos veneraban a Hevajra como destructor de ilusiones. Incluso en Samoa, Hikule'O gestiona la destrucción como un acto necesario, no maligno. Las culturas más alejadas entre sí comprendieron lo mismo: sin fin, sin destrucción, no hay ciclo. No hay vida.
Que la destrucción merezca dioses es una conclusión lógica, pero también una provocación. Mientras Occidente tardó siglos en aceptar que el cambio no es una catástrofe, los hinduistas ya lo celebraban. Los nórdicos esperaban el Ragnarök no como derrota, sino como renovación. Hoy seguimos teniendo dificultad para verlo así: el cambio climático nos aterroriza, nos resistimos a la destrucción creativa de las industrias viejas. Quizá si tuviéramos a Shiva en la plaza pública, nos iría mejor.