Dioses y diosas de la población
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Cuando una sociedad lleva siglos persiguiendo un mismo miedo, ese miedo termina teniendo un dios. Para pueblos que vivían al borde del colapso demográfico —por guerras, enfermedades, hambre—, la fecundidad no era un asunto privado, sino cosmológico. Deucalión en Grecia y su esposa Pirra fueron los antiguos creadores de la nueva humanidad tras el diluvio; Rig, la deidad nórdica de la población, representa el poder que engendra razas y pueblos; mientras que Khuzwane, adorado entre los lovedu de Sudáfrica, es quien vigila que el pueblo prospere. Tres contextos radicalmente distintos, pero cada uno sintió la necesidad de un dios que dijera: «la población no es accidente, es destino».
Lo curioso es cómo estas deidades reflejan el temperamento de sus culturas. Deucalión sobrevive a la catástrofe; Rig nace del fuego primigenio y engendra a través del acto; Khuzwane es guardián de su pueblo. Unos subrayan la renovación tras el desastre, otros la generación activa, otros la custodia. Pero todos ellos comparten una obsesión: que un pueblo no es un lujo demográfico, sino una responsabilidad divina.
El dato que salta es que la mayoría de estas deidades son activas, masculinas, generadoras. Aunque Woyengi, la diosa ijaw de Nigeria, nos recuerda que la población también puede tener una cara femenina: ella crea seres humanos y les da sus destinos antes de que bajen al mundo. Estas deidades juntas nos hablan de una verdad incómoda que toda civilización supo: un pueblo que no crece muere. Y eso nunca fue un accidente. Fue siempre una guerra contra el tiempo.