Dioses y diosas del viento
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El viento es la deidad más tímida. Mientras el fuego y el agua tienen sus dioses guerreros y sus épicas, el viento tiende a ser relegado a personajes secundarios. Y sin embargo, treinta y dos culturas reconocieron que merecía divinidad, quizá porque el viento es lo más invisible y lo más omnipresente. Los griegos, que tenían ocio para imaginar dioses sobre dioses, dedicaron ocho a los vientos: Boreas traía el frío del norte con frialdad olímpica. Feng Bo, el dios chino, es más amable, casi un funcionario que gestiona brisas y huracanes con ecuanimidad. Ehecatl, el dios azteca, es algo más extraño: es el viento que existía antes de la creación, que barría el viejo mundo antes de que naciera este. Fujin, en Japón, llena las velas de los marineros con una generosidad silenciosa.
Todos reconocen lo mismo en el viento: es movimiento, es cambio, es lo que no puedes atrapar pero que lo atraviesa todo. El viento no elige enemigos; simplemente pasa, indiferente, tocándolo todo y transformándolo sin pedir permiso.
Lo irónico es que mientras civilizaciones ancestrales repartían ocho dioses entre los vientos, nosotros apenas lo nombramos más que en boletines meteorológicos. Y sin embargo, el viento sigue siendo lo que más te toca en la piel cuando estás solo, lo que sigue moviendo las cosas cuando nadie mira. El viento es lo que sigue siendo sagrado, aunque ya no le llamemos así.