Dioses y diosas de las plantas
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Desde el momento en que nuestros antepasados aprendieron a reconocer las plantas útiles, estas dejaron de ser mero decorado en la mitología. Sociedades que nunca se conocieron las divinizaron con seriedad: porque las plantas eran la diferencia entre comer y pasar hambre, entre sanar y morir. Lo llamativo es cómo tomaron formas tan distintas según la geografía. Osanyin, en la mitología yoruba, es un dios masculino que mantiene el secreto del poder de las plantas; Kaupolis, la diosa lituana, encarna esa misma función pero femenina; mientras que Haumia-Tiketike de los maorí es parte de una familia de dioses del cultivo, atrapado en las entrañas de su madre Papatúanuku. Tres culturas continentales, tres géneros, tres cosmologías distintas, pero todas ellas entendieron que las plantas merecían dioses.
Lo que llama la atención es que cada una ve la divinidad de la planta desde un ángulo diferente. Para los yoruba, es el conocimiento de dónde está el poder. Para los lituanos, tal vez es la abundancia. Para los maorí, es parte de la lucha por liberarse del vientre de la tierra. Unos enfatizan la magia, otros la fertilidad, otros la fuerza escondida. Pero todas hacen la misma pregunta fundamental: ¿quién rige lo que brota del suelo?
El hecho de que pueblos tan remotos como los hopi del sudoeste norteamericano, los aborígenes australianos y los malgaches de África se tomaran la molestia de crear dioses de las plantas no es casualidad. Es la prueba de que toda civilización que se tomó en serio la agricultura necesitaba explicar por qué una semilla se convertía en comida, por qué algunas plantas sanaban y otras mataban. Esas deidades, desde Patrimpas en el Báltico hasta Loco en Haití, nos cuentan que la relación de la humanidad con las plantas no ha sido nunca simplemente práctica: siempre ha habido magia, reverencia y miedo en el medio.