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Dioses y Diosas

Dioses y diosas de la enfermedad

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La enfermedad aparece sin avisar, arrasa sin pedir permiso, y desaparece igual de caprichosa. Era inevitable que todas las culturas quisieran ponerle nombre, cara, explicación. Si hay un dios de la enfermedad, al menos puedes dirigirte a él, suplicarle, neociar. Shitala, la diosa hindú, llevaba la viruela a lomos de un asno; Sakpata, en la tradición fon de Benín, era la enfermedad hecha poder divino; Reshef, el dios fenicio, disparaba plagas desde su arco celestial. Las estrategias de representación varían: unos la veían como castigo, otros como enfermedad autónoma, algunos como viajera.

Pero todos llegaron a la conclusión de que la enfermedad necesitaba un cuerpo divino. En Mesopotamia, Namtar se llevaba a los muertos; entre los aztecas, Chalchiuhtotolin traía la enfermedad como un regalo terrible de los dioses. Los japoneses sintoístas reconocían a Ekibiogami como su dueño. Lo parecido en culturas tan distintas no es la forma de la diosa, sino la urgencia de hacerla pensante, motivada, casi conversable. Cuando tienes un enemigo con nombre, aunque sea celestial, la incertidumbre duele menos.

Que cada cultura necesitara un dios de la enfermedad revela nuestra relación más profunda con lo incontrolable: la necesidad de culpabilizar, de buscar intención donde solo hay química. Incluso hoy, con toda nuestra medicina, tendemos a pensar la enfermedad como invasora, como enemiga personal. Quizá la diferencia real es que ellos tenían rituales para tratar con ella, mientras que nosotros aún buscamos a alguien a quien culpar.