Dioses y diosas del placer
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El placer es el concepto más politizado de la mitología. Casi todas las culturas nombran dioses del placer, pero lo hacen con culpa, cautela o trasparencia desconcertante. La razón es que el placer pertenece a la esfera donde la moral y la religión chocan más violentamente: es biológico pero vergonzante, necesario pero proscrito, sagrado pero culpable. Como resultado, cada panteón lo expresa de forma distinta: los griegos lo hacían con desahogo, los romanos con cierto civismo, los mesoamericanos con matemática ritual.
Agdistis, deidad griega andrógina del placer, era celebrada sin remordimiento: el dios-diosa que encarnaba todos los placeres sin distinción ni jerarquía. Voluptas, diosa romana, tenía templos legítimos y culto público, aunque bajo la supervisión del Estado. Pero Macuilmalinalli, dios azteca del placer y la intoxicación, existía dentro de un sistema donde el exceso y el equilibrio eran constantes preocupaciones cósmicas. Grecia decía « sí », Roma decía « con límites » y los aztecas decían « con ritual ». Tres civilizaciones navegando el mismo territorio prohibido de formas completamente distintas.
El hecho de que culturas tan distintas hayan creado dioses del placer y la indulgencia habla más de su honestidad que de su licencia. Ni siquiera las religiones más austeras pueden negar que el placer existe, así que lo mitologizaban y lo regulaban: podrías disfrutar, pero bajo ciertas reglas, en ciertos momentos, con ciertos rituales. Hoy podemos disfrutar sin dioses vigilando, pero la relación emocional con el placer no es más simple: seguimos cargándolo de culpa, secreto y negación. Posiblemente, los aztecas que ritualmente permitían el exceso en fechas fijas entendían algo sobre la psicología humana que nosotros seguimos intentando aprender.