Dioses y diosas de la lluvia
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La lluvia es el regalo que no se puede controlar. Llega o no llega, mata la cosecha o la salva, inunda o deja secar. Es lógico que todas las civilizaciones agrícolas construyeran dioses de la lluvia, pero lo curioso es que apenas varían en su carácter. Tlaloc, el dios azteca, es voraz y terrorífico, vomita agua desde el cielo para destruir o bendecir. El dios maya Chac no es tan diferente: también fiero, también ambiguo. En África, Leza es la fuente de todo lo vital, capaz de castigar con la sequía. En China, Yu Shi y Chisongzi son más refinados, menos dramáticos, pero igual de imprescindibles. Lo notable es que de Mesoamérica a China, pasando por India e incluso la Grecia clásica, los dioses de la lluvia son siempre figuras potentes, nunca secundarias.
Es porque el agua del cielo no es un lujo: es la diferencia entre vivir y morir. Por eso los pueblos mesoamericanos ofrecían sacrificios a Tlaloc, por eso los africanos invocan a Leza en tiempos de sequía. El dios de la lluvia no inspira devoción, inspira supervivencia. Cada cultura agrícola necesitaba creer que había alguien allá arriba que escuchaba, que podía ser rogado, ganado o aplacado. La lluvia es tal vez el único concepto divino verdaderamente universal.
Lo que sorprende de los dioses de la lluvia es que subsisten. Mientras otros dioses han sido olvidados o absorbidos, el dios de la lluvia sigue siendo invocado en pueblos de toda Asia, África y América, incluso donde formalmente han adoptado religiones del Libro. Es que la lluvia no negocia con la teología: o llueve o no llueve. Los mitos de Tlaloc, Chac, Leza y sus equivalentes desaparecerán cuando ya no dependamos de si llueve mañana. Hasta entonces, seguiremos ofrendando —ahora en forma de danza, ahora de ritual, ahora simplemente de esperanza— al dios que ya nuestros ancestros no podían desaprender.