Dios del Viento del Norte
Boreas, el dios griego del viento del norte, era hijo de Eos (la Aurora) y Astraeus, y hermano de sus colegas anemófilos Noto, Euro y Céfiro. Gobernaba el Ténaro, la montaña más septentrional donde los vientos fríos y penetrantes crecían en salvaje libertad, y era famoso por su carácter apasionado, sus impulsos generosos y su afición al drama.
Su matrimonio con Oreithyia, la hija del rey de Atenas, comenzó de forma tumultuosa: Boreas la raptó mientras danzaba junto al río, demostrando ese estilo impetuoso que caracterizaba a los Anemoi. Con ella engendró a Chione, la diosa de la nieve, heredera de su esencia helada, y a los Boreadas, gemelos guerreros que ganaron renombre en la aventura de los Argonautas.
Aunque su reputación evoca el frío glacial y la destrucción que trae consigo, Boreas no era un dios desdeñoso ni vengativo. Los griegos lo consideraban más bien un aliado caprichoso, dispuesto a ayudar cuando le parecía y furioso cuando se le faltaba al respeto. Se dice que intercedió en batallas, impulsando naves y dispersando escuadrones enemigos con sus ráfagas.
En los festivales atenienses se le ofrendaba con especial devoción, pues los marineros sabían que el favor del viento del norte podía significar la diferencia entre llegar a puerto o perecer en el mar. Su nombre se invoca aún cuando el norte convoca sus vendavales, recordándonos que la naturaleza tiene sus propias voluntades.