Diosa romana del amanecer.
Aurora era la diosa romana del amanecer, la personificación del momento cada vez que el sol emerge del horizonte oriental trayendo consigo la luz a un mundo dormido. Su nombre provenía del mismo latín antiguo que daría posteriormente en romance la palabra «aurora» (amanecer). Los romanos concebían a Aurora como una figura que cada madrugada se levantaba de su lecho y se disponía a cumplir su labor diaria: recorrer el cielo de oriente a occidente anunciando la llegada de su hijo o hermano, el dios Sol.
Aunque Aurora era una deidad de los ciclos naturales, los mitos sobre ella incorporaban elementos de tragedia personal. Se decía que Aurora lloraba cada mañana, y esas lágrimas se convertían en el rocío que cubría la tierra al amanecer. La razón de su tristeza variaba según el relato: algunos mitos hablaban de un hijo suyo que había sido asesinado, mientras que otros simplemente la presentaban como una diosa que sufría por el peso de su responsabilidad cotidiana. De cualquier forma, Aurora no era simplemente una deidad alegre, sino una que cargaba con una melancolía inherente a su condición de diosa que debe despertar cada día, sin excepción, para cumplir su deber cósmico.
Los griegos conocían a Aurora bajo el nombre de Eos, una diosa que en su mitología tenía incluso mayor elaboración narrativa, particularmente sus históricos amores con mortales como Titono. Los romanos adoptaron esta figura pero la hicieron suya, integrandola en su cosmología divina. El simbolismo de Aurora trascendía lo meramente poético: representaba la renovación, la esperanza de un nuevo día, la promesa de que incluso tras las tinieblas más profundas la luz retornaría. Para una sociedad que dependía de los ciclos diarios del sol para casi todo aspecto de la vida, Aurora era más que una figura mitológica: era una garantía de que el orden natural continuaría vigente.