Dios de la Justicia y Señor de la Estrella de la Mañana
Itztlacoliuhqui fue originalmente Tlahuizcalpantecuhtli, el dios del amanecer, una divinidad cálida y radiante asociada al nacimiento del día. Pero su destino cambió cuando el dios del sol Tonatiuh llegó a ocupar su posición en el cielo. Tonatiuh era arrogante y exigía sacrificios desproporcionados, comportamiento insoportable porque la semana anterior había sido nada: un dios común y corriente sin importancia.
Tlahuizcalpantecuhtli, ofendido por esta usurpación arrogante, tiró un dardo de piedra para enseñar una lección a Tonatiuh. Pero el tiro falló. Tonatiuh, furioso, devolvió el ataque y le golpeó directamente en la frente. El dolor fue devastador, pero algo peor que el dolor ocurrió: Tlahuizcalpantecuhtli se transformó. La calidez se fue. El brillo desapareció. Se convirtió en Itztlacoliuhqui, el dios de la justicia fría, de la piedra implacable, de las cosas duras y heladas.
Ahora se le conocía como patrón del castigo, del frío, de todo lo que es pétreo e insensible. Llevaba una venda sobre sus ojos, quizá como símbolo de que la justicia es ciega, o quizá simplemente para ocultar la cicatriz de su humillación. Su transformación fue la de un dios de luz que se convirtió en dios de frialdad: no murió, sino que fue irreversiblemente alterado por su propio fracaso.
Itztlacoliuhqui explica por qué Venus es fría en la mañana y por qué el amanecer no es cálido sino fresco. Cada madrugada, el dios que fue destruido sigue cumpliendo su función, pero sin alegría, sin calidez, solo con la precisión de alguien que conoce el significado del castigo divino. Era un recordatorio de que incluso los dioses pueden ser castigados, que la arrogancia trae consecuencias inevitables, que la justicia no es cálida sino severa.