Dios de los volcanes y del fuego
Sethlans es el dios etrusco del volcán, una deidad que presidía el fuego subterráneo y la actividad volcánica que marcaba la geografía de Etruria. La presencia del Monte Vesubio y otras manifestaciones volcánicas en la región mediterránea hizo que los etruscos desarrollaran una teología sofisticada en torno al fuego volcánico. Sethlans era adorado con una mezcla de temor y devoción, porque su dominio representaba una fuerza que podía destruir ciudades enteras, que escapaba completamente al control humano.
La veneración a Sethlans estaba caracterizada por un tono conciliador, un intento de apaciguar a una deidad cuyo poder destructivo era enormemente temido. Los etruscos reconocían que no se podía razonar con un volcán, que no se podía negociar con el fuego subterráneo. En cambio, la estrategia era propiciar al dios mediante rituales y ofrendas, esperando que en su magnanimidad decidiera perdonar a las ciudades y los pueblos que se construían a sus pies. Cada erupción era una demostración de la supremacía divina sobre los asuntos humanos.
Posteriormente, cuando los romanos conquistaron Etruria y establecieron su propia religión en el territorio, Sethlans fue reforjado como Vulcano, una deidad que mantendría un papel importante en la cosmovisión romana. Aunque los romanos tenían su propio dios del fuego, Sethlans fue lo suficientemente potente, lo suficientemente emblemático de esa región específica, que su esencia fue incorporada en la religión conquistadora. Este sincretismo sugiere que incluso en la derrota política y cultural, ciertos aspectos de la religión etrusca fueron demasiado fundamentales para ser completamente desplazados. Vulcano llevaría adelante el legado de Sethlans.