Dios Crox, el cocodrilo del mundo.
Cipactli era un cocodrilo gigantesco, nada menos que la base misma sobre la que descansaba la tierra azteca. Mientras que en otras culturas la tierra flota sobre una tortuga o se sostiene mediante pilares, los aztecas imagieron algo más visceral: un monstruo acuático primordial de dentelladas y escamas que literalmente carga el mundo en su espalda.
Su nombre es la palabra nahuatl para cualquier cocodrilo, pero Cipactli era infinitamente más que eso. Era el cocodrilo cósmico, el principio acuático primigenio, el caos de antes del mundo. Este ser terrorífico no era meramente decorativo en la mitología azteca: representaba la idea de que toda la creación descansa sobre fuerzas primitivas y potencialmente destructivas.
En el mito de la creación, cuando los dioses Tezcatlipoca y Quetzalcoatl quisieron crear la tierra, tuvieron que transformarse en serpientes y rasgar el cuerpo de Cipactli. De su sacrificio y desmembramiento surgieron las montañas, los ríos y todas las formas de la tierra. Tezcatlipoca, de hecho, perdió un pie en el combate contra el monstruo, lo cual explica parte de su naturaleza caótica y su renquera mitológica.
Cipactli representa una verdad incómoda en la religión azteca: que la existencia misma está construida sobre la violencia, que la creación requiere destrucción, y que bajo los pies de los humanos siempre acecha algo primordial y hambriento. No es un dios de aspecto amable, pero es profundamente verdadero.