Diosa de la sal. No hay que tomarlo con pinzas
También conocida como Uixtochihuatl.
Huixtocihuatl era la diosa de la sal, hermana del dios de la lluvia Tlaloc, y encarnaba la fertilidad de una forma particular: era la salina humana, la fuente de abundancia de un producto esencial para la vida. La sal no era un condimento sino una necesidad vital, conservante de alimentos, y su diosa ocupaba un lugar significativo en la religión agrícola azteca.
Su culto involucraba rituales fascinantes que combinaban elementos eróticos y guerreros. Cada año se realizaba un sacrificio en su honor que requería un joven especialmente preparado. Durante todo un año, este joven se hacía pasar por la encarnación terrestre de Tezcatlipoca, el dios nocturno, y se le otorgaban todos los honores y placeres del mundo. Se le asignaban cuatro doncellas seleccionadas para ser sus esposas, y vivía en el lujo relativo de la corte azteca.
Pero al final del año, el destino ya estaba escrito. El joven que había disfrutado un año de gloria debía morir en sacrificio a Huixtocihuatl. Lo notable es que nunca faltaban voluntarios. Los aspirantes competían por la oportunidad de vivir ese año de placer supremo sabiendo que significaba la muerte. Para la mentalidad azteca, una vida de gloria seguida de muerte ritual era un premio incomparable, una puerta directa al cielo.
Huixtocihuatl representa la comprensión azteca de que la abundancia y la fertilidad siempre tienen un precio. La sal que preserva la vida también quema. El placer que promete su diosa lleva consigo la inevitabilidad del sacrificio. Era un recordatorio constante de que en el universo azteca, nada se conseguía sin costo, y que los dioses exigían pago en sangre y muerte.