Protector de los viajeros y sus almas
También conocido como Jizo Bosatsu, O-Jizo-Sama.
Jizo es probablemente el Bodhisattva más querido del budismo japonés, un ser de compasión cuyo alcance abarca tanto a los vivos como a los muertos, con especial devoción hacia los niños. Su popularidad trasciende los círculos religiosos formales: estatuillas de Jizo adornan hogares, templos y calles de todo Japón, frecuentemente vestidas con gorros y baberos que los padres colocan en ofrecimiento para pedir su protección sobre sus hijos.
Según la tradición, Jizo posee un poder extraordinario: puede rescatar almas del infierno, incluso de Jigoku, mediante su misericordia. Se dice que su voto es absoluto: que ningún ser sufrirá solo mientras él tenga poder para intervenir. Esta promesa es especialmente valiosa para aquellos que cargan culpa por sus acciones pasadas o que temen el destino de sus seres queridos tras la muerte. Jizo ofrece una salvación posible mediante la compasión, no mediante el castigo.
En vida, Jizo es protector de viajeros por caminos. Su identificación con los viajes terrestres probablemente proviene de su rol en guiar almas por los caminos del más allá. Lleva un bastón con anillos que tintinean —su sorajiki— que anuncia su llegada y alerta a los viajeros de que un protector marcha cerca. Estos anillos producen un sonido hipnotizador que se dice calma los espíritus inquietos y atrae la benevolencia celestial.
La relación de Jizo con la infancia es única en el panteón budista. En un mundo donde tantas deidades manejan el poder y la sabiduría, Jizo representa algo más fundamental: la ternura, la defensa de los más vulnerables, la insistencia de que incluso los más abandonados merecen compasión. Por eso permanece en el corazón de millones de japoneses, no como una figura distante sino como un amigo siempre disponible.