Ninfa del río
Arethusa fue una de las Nereidas, las cincuenta ninfas marinas hijas del dios Nereo. Aunque de naturaleza acuática, Arethusa amaba pasar tiempo en tierra, cazando y explorando los valles y montañas lejos de las aguas. Era una ninfa independiente, amiga de Artemisa, quien apreciaba su espíritu libre y su rechazo a los esfuerzos de los dioses macho por seducirla o dominarla.
Un día, mientras Arethusa se bañaba en el río Alfeo después de una jornada de caza, descubrió que no estaba sola. Alfeo, el dios del río, la había estado observando desde las aguas, cautivado por su belleza. El dios, impulsado por el deseo irresistible que caracteriza a muchas deidades masculinas, comenzó a perseguirla. Arethusa, aterrada, huyó corriendo por la tierra, suplicando a los dioses que la salvaran de aquel acoso.
Su súplica fue escuchada por Artemisa, la diosa de la caza y protectora de las vírgenes. Compasiva con el plight de su compañera, Artemisa la transformó en una fuente de agua dulce, convirtiéndola en lo opuesto a un río: una corriente subterránea que fluía bajo tierra, invisible, intocable. Se suponía que esta transformación la protegería de Alfeo, que permanecería atrapado en el mundo de los ríos mientras ella habitaba las aguas subterráneas.
Sin embargo, el amor de Alfeo era tan persistente que ni siquiera la transformación podría detenerlo. El dios del río hizo algo extraordinario: permitió que sus propias aguas se hundieran bajo tierra, viajando bajo el lecho marino mismo, atravesando las aguas saladas del mar Jónico sin mezclarse con ellas. Así recorrió kilómetros bajo tierra y bajo el mar hasta llegar a Sicilia, donde finalmente se reunió con Arethusa. Su manantial de agua dulce en Siracusa testifica hoy de aquel viaje imposible, de un dios que no podía ser rechazado ni siquiera por las aguas del océano.