Dios de las cigarras
Titono fue un mortal extraordinariamente bello que capturó el corazón de Eos, la diosa del amanecer. Eos, encantada por su belleza, lo raptó del mundo de los hombres y lo llevó a su palacio celestial. Para retenerlo a su lado eternamente, Eos pidió a Zeus que le concediera la inmortalidad. Zeus accedió, pero en un giro irónico del destino, Eos olvidó pedir que le concediera la juventud eterna. Titono fue bendecido con la vida eterna, pero maldito con el paso del tiempo.
Los siglos pasaron lentamente. Titono envejeció sin cesar mientras su forma se marchitaba y se encogía. Su cuerpo se volvió frágil, su piel se arrugó, su voz se convirtió en un susurro débil. Pero no podía morir. Eos, que alguna vez lo amó por su belleza, se vio obligada a presenciar su lenta degradación, incapaz de ofrecerle la muerte que tan desesperadamente anhelaba. Finalmente, Titono se transformó en algo completamente diferente: su cuerpo se convirtió en una cigarra, esa criatura que chirría eternamente en el calor del verano.
Como cigarra, Titono continuaba chillando eternamente, atrapado en un cuerpo de insecto, incapaz de morir pero incapaz también de vivir como había vivido. Se convirtió en una advertencia sobre los peligros de los deseos incompletos y sobre las maldiciones disfrazadas de bendiciones. Los griegos veían en el sonido de las cigarras el lamento eterno de Titono, el ejemplo supremo de una inmortalidad convertida en tortura por la falta de sabiduría divina.