El poderoso dios azteca del sol de la guerra
También conocido como Uitzilopochtli.
Huitzilopochtli era el dios supremo de los aztecas, la deidad central de su panteón y la razón de su existencia como pueblo. Era simultáneamente el dios de la guerra y el dios del sol, llevando la luz y el fuego al cielo cada día mientras encarnaba la violencia más brutal del universo azteca. Su nombre significa «colibrí izquierdo», y efectivamente su mascota era un colibrí, símbolo de su agilidad y ferocidad.
El nacimiento de Huitzilopochtli fue catastrófico. Coatlicue, su madre, fue golpeada por una bola de plumas sagradas mientras barraba un templo, concibiéndolo por vía divina. Sus hermanos mayores, indignados por este embarazo inexplicable, decidieron asesinar a su madre antes de que diera a luz. Pero Huitzilopochtli nació ya adulto, completamente armado. Salió del vientre gritando guerra, y se lanzó a aniquilar a sus hermanos. A los Centzonhuitznahua, que sumaban cuatrocientos, los masacró uno a uno. A su hermanastra Coyolxauhqui la persiguió sin piedad hasta decapitarla, arrojando su cabeza al cielo donde se convirtió en la luna.
Los aztecas se consideraban a sí mismos el pueblo de Huitzilopochtli, elegidos para perpetuar la guerra cósmica y mantener el sol en su órbita mediante sacrificios constantes. La cosmología azteca requería que cada día, alguien alimentara al sol con corazones humanos para que continuara su viaje. Este no era un acto de crueldad sino de deber religioso supremo, ordenado por el propio Huitzilopochtli.
Se decía que donde Huitzilopochtli indicara que se posara un águila llevando una serpiente en el pico, ahí los aztecas debían fundar su ciudad. Cuando finalmente encontraron esa señal en un islote del lago Texcoco, fundaron Tenochtitlan, la gran capital. Pero se aconsejaba no involucrarse con esas señales: un Huitzilopochtli en acción era una fuerza de la naturaleza pura, impredecible y apocalíptica. Los colores de su culto eran el azul y el amarillo; sus seguidores lo adoraban como ningún otro dios. Podía sacrificar setenta mil corazones en una sola ceremonia y seguir pidiendo más.