Se encarga de hervir los manantiales
También conocido como Bormanus, Bormo.
Borvo fue una deidad gala dedicada a la sanación, especialmente aquella que provenía de los manantiales termales y las aguas minerales. Su nombre, que aparece también como Bormo en algunas inscripciones, proviene de raíces lingüísticas que sugieren « hervir » o « calor », lo que hace referencia directa a esos manantiales de agua caliente que brotaban del subsuelo galo. Para los pueblos antiguos, estas fuentes calurosas eran fenómenos extraordinarios, manifestaciones del poder telúrico que asociaban con lo divino.
Los galos creían que Borvo canalizaba el poder sanador del agua a través de estos manantiales, que el calor mismo era una expresión de su voluntad divina. Quienes sufría de dolencias acudía a estos lugares con la esperanza de que el dios les devolviera la salud. El hecho de que el agua brotara del interior de la tierra, caliente y cargada de minerales, hacía que pareciera una dádiva directa del dios hacia la humanidad. Muchas fuentes que fueron consideradas sagradas por los galos bajo el patrocinio de Borvo continuaron siendo frecuentadas durante la era romana.
La veneración de Borvo era práctica más que teológica: su culto estaba vinculado a la experiencia inmediata de la sanación. Su consorte era la diosa Bormana, y juntos formaban una pareja cuyo dominio abarcaba todos los aspectos de las aguas curativas. Aunque la teoría religiosa de los galos se nos ha perdido, la persistencia de estos manantiales en la geografía y la memoria indica que Borvo fue un dios especialmente importante para comunidades cuyo territorio albergaba estas fuentes naturales.