Diosa de la Luna
Periboriwa es la diosa de la Luna yanomami, una deidad cuya historia no es de amor romántico ni de belleza serena sino de violencia celestial y consecuencias generacionales. Su mitología está impregnada de sangre, de un acto de agresión que marcó tanto su destino como el de toda su pueblo. En un acto de hostilidad que los registros no especifican completamente, Periboriwa fue atravesada por una flecha, un proyectil que violentamente penetró su cuerpo divino. La herida fue profunda, no solo físicamente sino en sus implicaciones cósmicas.
De su herida brotó sangre, no la sangre ordinaria de un ser mortal sino fluido divino que poseía poder generativo. Las gotas de sangre que cayeron desde el cielo se transformaron, adquirieron vida, se convirtieron en los primeros miembros del pueblo yanomami. La humanidad yanomami no fue modelada de arcilla ni creada mediante un acto abstracto de voluntad divina sino engendrada literalmente desde la sangre de una diosa herida. Esta origen violento y somático explica mucho de lo que caracteriza a los yanomami según sus propios registros mitológicos: una naturaleza feroz, una predisposición hacia la agresión, un carácter guerrero que no es defecto sino herencia directa de su nacimiento desde la violencia.
Periboriwa, aunque herida, no fue destruida por su experiencia. Ascendió a convertirse en la diosa de la Luna, reinando sobre la noche yanomami. Pero su poder lunar tiene una dualidad: es luz de belleza, pero también luz que inspira incursiones nocturnas de guerreros feroces. Es iluminación serena, pero también claridad que revela objetivos para la violencia. Además, Periboriwa es vinculada simbólicamente con los ciclos menstruales femeninos, la sangre mensual que hace eco de su herida primordial, conectando a todas las mujeres yanomami con la historia de su diosa, haciendo que cada mujer sea portadora del legado sangriento de Periboriwa.