Dios de la Luna
Hana es el dios de la Luna en la mitología Huli de Melanesia, pero su llegada a ese estatus fue resultado de una transgresión y un castigo divino. Originalmente, Hana y su hermana Ni eran deidades iguales en la creación, ambas con existencia celestial. Compartían el cielo, pero sus intereses y naturalezas eran distintas. Mientras que Ni disfrutaba de actividades lúdicas específicas—particularmente danzaba alrededor de un árbol con una pértiga—, Hana poseía inclinaciones más oscuras.
Un día, Hana, en un acto de malicia dirigida hacia su hermana, escondió una piedra afilada dentro de la corteza del árbol donde Ni acostumbraba danzar. Su intención era causar daño, y el plan funcionó. La piedra hirió a Ni en un lugar delicado durante su danza ritual. Este acto no fue simplemente violencia física, sino violación de confianza y decoro divino. La herida tuvo consecuencias que resonaron a través de la cosmología.
La herida causada llevó a una concepción no consentida de Ni, resultando en descendencia que no pidió. Avergonzada, Ni intentó abandonar a esta descendencia, rechazándola completamente. Entretanto, Hana fue sometido a castigo divino. Fue absorbido en los cielos y transformado en la Luna, condenado a circular eternamente a través de la noche. Ni fue separada y transformada en el Sol, relegada a su propio dominio celestial.
Hana, como Luna, permanece como recordatorio de una transgresión antigua. Su presencia nocturna es marca de su culpa, una eternidad de pálida luz siendo testimonio de su crimen contra su hermana. No hay redención completa para Hana, solo eterna existencia como cuerpo celestial secundario.