Diosa del caballo, de las yeguas, de los galopes y de la fertilidad
Epona fue una diosa gala de considerable importancia, protectora de los caballos en todas sus manifestaciones: desde los potros jóvenes hasta los sementales adultos, incluyendo especialmente las yeguas y su fertilidad. Su nombre se conoce a lo largo de todo el territorio celta, y no es casual: los caballos eran animales centrales en la economía, la guerra y la identidad de los pueblos galos. Una diosa que los protegiera era una diosa que bendecía los aspectos más vitales de la sociedad gala.
Lo que resulta particularmente notable es que Epona trascendió las fronteras de la veneración puramente gala. Incluso los romanos, al entrar en contacto con los pueblos galos, reconocieron la importancia de esta diosa y la incorporaron a su propio sistema religioso. No la sincretizaron con otra divinidad romana, sino que la adoptaron como parte de su panteón, testimonio de cuán profundamente conectada estaba con la realidad de la vida en territorios donde el caballo era esencial. Se han encontrado altares dedicados a Epona desde Britania hasta el norte de África, allá donde el ejército romano llevaba sus creencias captadas de los pueblos conquistados.
Epona se representa frecuentemente acompañada de caballos, a menudo descansando sobre uno o rodeada de varios. Esta iconografía deja clara su función: es la diosa que mira por el bienestar animal, que garantiza la salud y la procreación del caballo. Para los galos, cuya riqueza y poder dependían en gran medida de sus rebaños equinos y de su destreza como jinetes, Epona era una protectora cuyo favor era esencial para la prosperidad.