Diosa de los caballos. No de los hipopótamos
Hippona era la diosa romana de los caballos, de su fertilidad, de su salud y de su protección. Su nombre provenía del griego «hippos», que significaba caballo, conectándola directamente con su equivalente helénico Epona, una deidad gálica que había sido adoptada por el mundo romano. Para los romanos, cuya civilización dependía fundamentalmente del poder, velocidad e inteligencia de los caballos, una diosa dedicada específicamente a estos animales era de gran importancia práctica y religiosa.
Hippona presidía sobre todos los aspectos de la relación humano-ecuina: sobre los caballos de carga que transportaban mercancías por las rutas comerciales romanas, sobre los caballos de guerra que permitían la supremacía militar romana, sobre los caballos de carreras que proporcionaban entretenimiento público. Los militares romanos la invocaban específicamente antes de campañas, pidiendo que bendijera sus caballos de modo que fueran rápidos, fuertes y resilientes. Los ciudadanos que dependían de caballos para su sustento le hacían ofrendas regulares.
El culto a Hippona reflejaba la dependencia muy real que la civilización romana tenía de los caballos. Sin estos animales, el imperio no podría haber existido en la forma que lo hizo: el comercio habría sido imposible, el ejército se habría visto severamente limitado, el transporte de personas y mercancías se habría restringido enormemente. Hippona, aunque era una diosa menor en la jerarquía oficial del panteón, era considerada de extrema importancia práctica por agricultores, soldados, comerciantes y cualquiera cuyo trabajo o supervivencia dependiera del bienestar de los caballos bajo su cuidado.