Los dos díscolos hijos de Poseidón
Los Aloadae eran Efialtes y Oto, dos hermanos gigantes nacidos de la unión entre Poseidón e Ifimedia. Su crecimiento fue tan extraordinario que a los nueve años de vida medían ya nueve brazas de altura y nueve codos de anchura, convirtiéndose en los seres más colosales jamás vistos, incluso comparables a los propios Titanes. Estos dos hermanos compartían una voluntad común: la de conquistar el poder supremo y derrocar a los Dioses Olímpicos. Su arrogancia juvenil no conocía límites.
Para poner a prueba sus fuerzas y capturar rehenes divinos, los Aloadae planearon un ataque audaz contra el Olimpo. Primero apresaron a Ares, el dios de la guerra, lo metieron en una enorme vasija de bronce y lo mantuvieron encadenado durante trece largos meses. Fue el dios Hermes quien finalmente lo rescató en secreto. Seguidamente, los Aloadae dirigieron su vista hacia Hera y Artemisa, pensando que dos diosas más cautivas les abrirían el camino a la victoria. Pero su soberbia ciega les jugó una mala pasada.
Apolo, ofendido por las ambiciones de aquellos gigantes, descendió del Olimpo decidido a pararles los pies. Desafió a los hermanos y cuando entraron en combate, Apolo lanzó sus flechas unas tras otras. Los Aloadae, en su furia de batalla, intentaban golpear al dios, pero sus proyectiles erraban el blanco y se dirigían hacia todo lo que se movía. Entre ellos corría una cierva, criatura sagrada de Artemisa, que esquivaba constantemente los ataques de los gigantes. Cada flecha lanzada por los Aloadae iba dirigida a la cierva, pero sin saberlo, iban contra cada uno de sus objetivos: uno tras otro, se alcanzaban mutuamente. Ambos cayeron, vencidos por sus propias manos.
Los dioses los castigaron llevándolos al Tártaro, donde fueron encadenados a una columna y acosados eternamente por búhos que les ululaban con burla. Su historia es una advertencia griega clásica: que ni la fuerza ni el tamaño garantizan la victoria contra el orden divino, y que la soberbia siempre precede a la caída.