La hermosa diosa del amor físico
También conocida como Acidalia, Cerigo, Cytherea, Pandemos.
Pocas deidades griegas tienen un nacimiento tan poco convencional como el de Afrodita. Según la versión que recoge Hesíodo, surgió de la espuma que se formó en el mar cuando los restos mutilados de Uranus cayeron al agua tras el golpe de estado de su hijo. De esa espuma nació ya adulta, ya deslumbrante, y salió del oleaje sin infancia ni aprendizaje: la diosa del deseo llegó al mundo siendo exactamente lo que iba a ser siempre.
Su belleza planteó desde el principio un problema diplomático. Cuenta la tradición que Zeus temió que los dioses se despedazaran compitiendo por ella y decidió casarla cuanto antes, así que la entregó a Hefesto, el herrero cojo del Olimpo. Fue un matrimonio de conveniencia y ella nunca fingió lo contrario: sus amores con Ares son de los episodios más contados de la mitología griega, y terminaron con Hefesto tendiendo una red invisible sobre el lecho para exponer a la pareja ante todos los dioses. La escena, más que castigo, acabó siendo motivo de carcajada olímpica.
Su atributo más célebre es el ceñidor, una faja bordada que volvía irresistible a quien la llevara puesta. Afrodita la prestaba de vez en cuando —Hera se la pidió una vez para distraer a Zeus en mitad de una guerra—, lo que dice bastante de cómo entendían los griegos el poder de la seducción: como un arma prestable, no como una cualidad personal. La acompañaban las palomas, los gorriones, las rosas y el mirto, y su hijo Eros se encargaba del trabajo de campo.
Los romanos la identificaron con Venus y le dieron un papel que en Grecia no tenía: madre de Eneas y, por tanto, antepasada del pueblo romano. Así, la diosa que había nacido de una castración pasó a ser la abuela mitológica de un imperio. De todas las deidades del Olimpo, Afrodita es probablemente la que menos ha perdido: el deseo sigue teniendo mala prensa, buena literatura y una capacidad intacta para desordenarlo todo.