Diosa del caos, la discusión y la discordia
Discordia era la diosa romana de la discordia, el conflicto, la enemistad y el desacuerdo. Su nombre provenía directamente del latín «discordia», que significaba falta de armonía, desunión y pelea. Era la contraparte de Concordia, la diosa de la armonía: donde Concordia buscaba traer acuerdo y paz, Discordia sembraba cizaña y provocaba conflicto. Si Concordia era la fuerza que mantenía unida la sociedad romana, Discordia era la potencia del caos que constantemente amenazaba con desgarrar esa unidad.
Discordia era, en esencia, la adaptación romana de Eris, la diosa griega de la discordia y contienda. La mitología griega había preservado historias muy gráficas sobre Eris, particularmente su participación en el inicio de la Guerra de Troya: habiendo sido excluida de una celebración matrimonial, Eris había lanzado una manzana de oro inscrita «Para la más hermosa» entre los dioses presentes, provocando una disputa entre Afrodita, Atenea y Hera que eventualmente resultó en la contienda de mil barcos de Troya. Los romanos, al adoptar esta deidad, preservaban esta comprensión de que la discordia podía ser catastrófica en sus consecuencias.
A diferencia de Concordia, que tenía templos dedicados y era conscientemente invocada para los fines políticos, Discordia era menos activamente venerada en el culto religioso formal romano. Sin embargo, su presencia era reconocida implícitamente: siempre que surgía un conflicto, siempre que las facciones políticas entraban en lucha abierta, siempre que la sociedad romana se veía amenazada por la división, se creía que Discordia estaba obrando. Su poder no residía en templos o rituales, sino en la simple realidad de que la división y la enemistad estaban siempre presentes, listas para emerger y deshacer el orden cuidadosamente construido.